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Consejos de Patri

Odio el cambio

Parece mentira que este título sea mío. Pero es en parte, cierto. Más que odiarlo, me da miedo. Y cuando algo cambia en mi vida todo me sienta mal.

Este post está dedicado a la Patricia desagradecida, esa que da por culo cuando algo cambia. También está dedicado a los que les da miedo afrontar el cambio, no solo viajando, el cambio en general. Aquí me desnudo al completo y os expongo mis más ridículos pensamientos, quizás os sintáis identificados conmigo, quizás os consuele saber que no sois los únicos que lo pasáis mal (o quizás me consuele a mi) y quizás entre todos nos demos cuenta que el cambio no es tan malo como se presenta.

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Yo misma

Cada vez que me planteo visitar un país nuevo sufro un pre-estrés excesivo. Viene a ser como una ola de pensamientos negativos. Proyecciones de todas las cosas terribles que me pueden ocurrir en esas nuevas y desconocidas tierras.

Me veo en un supermercado con unos atracadores arrancándome el bolso. Me veo llorando a moco tendido en una habitación llena de cucarachas gordas, de esas de campo. También me veo en un hospital tétrico llena de ronchas rojas por culpa de un mosquito mortal. Me veo perdida en una carretera de barro cuando anochece, y muerta de frío en un bar y con dinero para tan solo una coca-cola.

imaginandóme atracada en China Town

¡Dios mío sálvame! (no soy creyente pero sí soy una drama-queen)

Es como una auto-tortura. A veces ni siquiera me deja marchar de lo paralizada que me tiene. Obviamente no me detengo por algo así ¡pero sufro! ¡ai si sufro!

¡Qué hago aquí!

Por fin, me marcho y al llegar al país paso por una fase en la que siento pena por todo. 

Añoranza por mi cafetería ruidosa llena de niños que salen de la escuela, nostalgia por no poder pasar una tarde con mi madre en su piso de 30m2, tristeza por no poder pasear por las playas de tarragona con vistas a la central química. Hasta echo de menos las palomas sucias de la plaza.

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Tarragona sus playas y sus químicas

En esta misma fase lo odio todo de mi lugar actual. 

En Sudáfrica me dio por decir que el sol es muy intenso, que si amanece muy temprano, que si los perros corren demasiado, que no hay calabacín en el supermercado. En Canadá me quejé de los mosquitos, me quejé de las carreteras eternas, también del ayudante francés que me imitaba el acento español. En Bali me quejé porque se cenaba muy pronto, y porque me había mordido un pez, y hasta me quejé del color de las nubes. En Tailandia, internet era la queja del día, todos los días, también el arroz

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Aquí el ayudante francés. parece muy buen niño pero tiene muy mala leche

¿Hola? ¿en serio Patricia? ¡Mala, mala! ¡Desagradecida! (Mi conciencia hablándome)

En ese momento me siento como una niña a la que le han cambiado su hora de dormir y todo le parece mal. Soy una chica de rutina, me gusta hacer las mismas cosas día a día, desayunar pronto huevos en pan, salir a caminar por la playa. Sentarme en mi ordenador a ver que idea creativa (o qué chorrada) se me ocurre para escribir.

Cada vez que viajo, hacer todo eso en orden y con horarios es, obviamente, imposible. Así, los primeros días, me encierro en mi habitación y escucho a las de Azúcar Moreno o a Los del Río, y canto al compás “Sevilla tiene un color especiaaaaaal”. Y aunque no sea sevillana son cosas que me recuerdan a mi hogar.

Lo que yo te digo, una drama-queen.

Cambio de chip

Cuando ya me he torturado suficiente con las canciones noventeras y ya me sé de memoria el Viva la vida loca, empiezo a salir de mi burbuja. Poco a poco me doy cuenta de que no puedo seguir con esa actitud de cría.

Hago una reflexión. Hago un esfuerzo por repasar las cosas buenas que tengo en mi vida. Tengo una familia que me quiere y que siempre quiere hacer skype conmigo, tengo una pareja que me hace reír y se apunta a cualquier locura que propongo, puedo caminar y echarle fotos a los edificios, tengo algo de dinero en mi cuenta bancaria, hoy he comido chocolate del caro, tengo más de 5 horas de tiempo libre, puedo leer juego de tronos y salir a ver el mar todos los días.

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Proponga lo que le proponga, Chris siempre me da un sí!

Aquí es donde me acuerdo de cuando curraba de diseñadora gráfica, que aunque me gustase mi trabajo lleno de creatividad y buenos compañeros, 8 horas diarias sentada ante una pantalla en una oficina sin ventanas, no era el sueño de mi vida.

Y ese pensamiento pulsa botones, teclas y cambia la dirección de mi mente.

Yo quería venir a este país. Yo quería un cambio de los fuertes. Quería experiencias distintas. Entonces ¿porqué me quejo si no todo es lo mismo? Pues claro que no va a ser lo mismo chica, para algo se llama CAMBIAR. Y reflexiono y pienso en mi madre que le encantaría Tailandia porque ella siempre dice que está echa para el verano eterno. Y pienso en mi primo que quiere ir a Canadá porque le gusta ir al monte a coger setas. O en mi hermana, que con su nueva cámara de fotos se moriría por estar en Sudáfrica de safari.

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En Tailandia, poniéndole los dientes largos a mi madre.

Y me doy cuenta de que parece que cada vez que cambio algo, sea lo que sea, tengo que sacar algo malo de ello. Soy muy afortunada y a veces no lo valoro suficiente. Y eso me toca las pel**** porque me ahogo en un baso de agua.

Quizás es cosa mía, quizás soy una persona que antes de pensar en el lado bueno de las cosas tengo que pasar por el lado malo y analizarlo todo.

Yo escojo

Llegados a este punto, cambiamos de fase. Por fin me relajo, me he librado de la Patricia desagradecida y empiezo a ser yo misma.

Y con la nueva dirección mental, empiezo a ver el mundo por otra ventana más colorida.

Salgo a hacer senderismo por Ucluelet en Canadá, y ya me da igual la inmensidad del camino, admiro los árboles por ser tan viejos y haber aguantado tanto y hasta hablo con una vecina en inglés. Y en Indonesia ya me da igual que me haya mordido un pez, he estado nadando con miles de ellos y he visto bancos corales por primera vez en mi vida.

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Y en Sudáfrica, aunque amanezca demasiado temprano, me voy a trotar con los perros, igual de rápido que ellos. Y asustamos a las zebras y a los antílopes y perseguimos a los lagartos.

Y todo eso, el árbol gordo, mi inglés americano, los corales fosforitos o los amaneceres tempraneros, he podido experimentarlos gracias a el cambio. Aunque me asuste, aunque no sea como en casa, aunque haya roto con mi rutina en la comodidad, tengo la oportunidad de ver y hacer cosas que desde la oficina de Barcelona nunca hubiese hecho.

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Y en realidad esto es lo que yo quise siempre. Esto es vida de verdad. Aunque no siempre sea fácil ni mucho menos cómodo. Aunque nunca sé lo que me espera en el siguiente país, aunque no sepa si tendré dinero o si haré amigos…

Siempre tengo dos opciones, ver el lado bueno de las cosas, o el lado menos bueno.

Yo soy la que escojo.

Estará siempre ahí

Y me vuelve a pasar siempre. Ya no hablando con cambios de países. Con cambios de amigos, de pareja, de hogares, de mascotas, de trabajos. Todo da pánico cuando no estoy acostumbrada a ello.

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Leí en el libro de Ken Robinson que hay niños que ya desde bien pequeños reaccionan a los cambios distintamente. Los hay que cuando se presenta una situación que nunca antes han experimentado la aceptan y se lanzan a ella con total naturalidad. Otros niños, sin embargo, prefieren observar la situación durante un rato, a veces hasta días, y poco a poco se adentran a ella.

Vale pues yo soy la niña que primero observa. Quizás alguno de los que me estéis leyendo también sois así. No es que no nos guste la nueva situación. Nos da la impresión de que no nos gusta por la incomodidad, por la extrañez.

Pero en realidad somos como ese niño que observa desde fuera, ese niño que necesita tiempo para ver qué es ese “algo” nuevo, para ver como encajar, como actuar. Ese niño más reflexivo y prudente y que está esperando un buen momento para adentrarse en la novedad.

Y al final se da cuenta de que el cambio le hace crecer, le hace ver el mundo de otro modo y le sienta fenomenal.

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1 Comment

  • Reply Anabel marzo 15, 2015 at 4:14 pm

    Este post es el que más me ha gustado de todos porque fue el primer miedo al que hice frente al irme. De hecho ya antes de irme era lo que me impedía tomar la decisión. Como a mucha gente, no me gustan los cambios…y este post describe de “pe a pa” como me sentí antes, durante y después. Sobre todo, el momento “qué demonios hago aquí”. Creo que sucede el día 2 o 3 que llevas en el lugar, piensas algo como: la lea liao parda quién me manda a mí meterme aquí. Pero todo es temporal y fruto de tu incomodidad al cambio. Si hay algo que aprendes es que no hay cosa a la que no te acostumbres, hasta al cambio!
    También es curioso que ha todos nos suceda lo mismo cuando dices que lo ves todo negro, que en España todo era mejor. Yo tenía aburrida a la gente que iba conociendo diciendo lo bonito que era España, que si España es mejor en esto, que si esto que aquí no hay en España está en todos lados, que si en España esto no sucedería! Vamos, que te vuelves un español de los orgullosos…! Gracias por la info, es súper útil e interesante!

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